El anticuario
por Anabel Arriaga.

Soy coleccionista. Durante mis viajes por el mundo he desarrollado un especial olfato para las curiosidades. Pensarán que la belleza o calidad del objeto es lo que me anima, incluso su precio o procedencia. No es así. Lo que más provoca mi deseo por obtener algo es la coincidencia, así como la dificultad y riesgo que impliquen poseerlo.

El miércoles pasado, tras mi visita a la exposición internacional de relojes, leí en un artículo que el famoso diplomático lituano Sarunas Budrys había comprado un departamento en las afueras de esta ciudad. Les hablaba de mi experta nariz hace un momento. Yo estaba seguro de que él era propietario de una muy bien conservada alfombra tántrica del siglo XVII, procedente de un monasterio del Tíbet, valuada en 100 mil euros y de la que el excéntrico millonario había jurado nunca separarse, teniendo como testigos a sus colaboradores y amigos.

La noticia despertó mi instinto sabueso por lo que planeé mi entrevista con Budrys, paso a paso. Por teléfono le ofrecí mi exclusivo trabajo de limpieza y restauración de antigüedades a domicilio, nombrando algunos portafolio-paginas-web de mi catálogo como carta de referencia y afirmó reconocer mi apellido entre los mejores curadores de arte en Latinoamérica. Me citó el lunes a las 8 de la noche tan solo para conocer las piezas que yo habría de trabajar posteriormente.

El anticuario me dio la bienvenida con un martini seco que disfruté mientras observaba la galería y esculturas. Alabé su buen gusto, no solo en sus adquisiciones, sino en la decoración del departamento. Reconocí una figura de Lladró que habían subastado en Barcelona; me mostró sus máscaras africanas y llegamos a la alfombra tántrica que mostraba a un hombre levitando, y a la que me aproximé con particular atención. Qué coincidencia –comenté-, su rostro es idéntico a la efigie de mi guardapelo francés del siglo XIX–. Los ojos codiciosos de Budrys giraron hasta quedar hipnotizados por la belleza de mi guardapelo, al tiempo en que yo lo abría para mostrarle la fotografía del hombre que guardaba en su interior y que el lituano, horrorizado, intentaba reconocer.

La próxima década buscaré un cuerpo más joven y fuerte para habitarlo; por lo pronto, es tiempo de restaurar estas hermosas piezas antiguas y cumplir con los compromisos

internacionales del lituano. Por cierto, ahora la recién adquirida cara de Sarunas Budrys luce con un grito sincero dentro de mi guardapelo.