UN ACOMPAÑANTE EJEMPLAR por Anabel Arriaga. Lilia estaba lista. Su tocado y vestido marcarían la diferencia esta noche. Los detalles y pormenores habían sido resueltos por Gertrudis, su madrina de XV Años y abuela. Era la primera en casarse y por lo tanto no había aún nietos ni sobrinos; la novia no había podido rechazar personalmente el ofrecimiento de sus amigos por apoyarla con los pajecitos y damitas. Eso ofendería a cualquiera. Pero abue Gertrudis estaba ahí para resolverlo todo de manera sorprendente. “Lleva a Montecristo, que él te acompañe; es como de la familia, mi niño bueno.” Así se hizo, nadie iba a cuestionarlo, pues lo cierto era que Gertrudis nunca se equivocaba. El 27 de abril, después de la misa, los invitados tuvieron cita en la recepción. Renata procuraba tomar fotografías de cada motivo, acción y gesto: el lazo que los envolvía para siempre, la felicidad de ambos al ponerse los anillos, la limousine, la decoración, los arreglos florales, el pastel, los chocolates, la barra de martinis, los músicos, todo lo registraría con su cámara. Renata y Lilia habían estado juntas desde la secundaria; su amistad estaba coloreada por muchas anécdotas, felices y dramáticas. Si tan solo Lilia no fuera tan consentida, pensaba, sería más agradable. Si ella hubiera sufrido tanto como yo, me entendería; pero un día, sabrá lo que es estar en mi lugar, y yo le demostraré cuánto la quiero y podré consolarla, un día de estos… Para Renata ese día había llegado. La familia brindaba en la confortable área lounge. Renata tenía todo preparado, así que se armó con su cámara, al tiempo en que dejaba sobre la silla de su amiga una fotografía, en la que posaban románticamente Renata y Mauricio, el ahora esposo de Lilia. La emoción era evidente y sincera; sin importar que las lágrimas estropearan el maquillaje de Gertrudis, esta no había quitado de encima su mirada sobre Renata, quien con una gran sonrisa fotografiaba a los novios. Todo fue cuestión de segundos. La mirada de Gertrudis. La alegría. El flash. Las cejas de Gertrudis. La novia se acercaba a su silla para acomodarse el zapato. Renata sabía. Mauricio detenía a Lilia, galantemente, para ayudar a su esposa de rodillas. Los ojos de Gertrudis, con la señal. Renata corría hacia el asiento, desesperada por el equívoco. Renata fuera de sí. Solo un movimiento de su brazo bastó para enfurecer a Montecristo, quien ya había saltado al lugar que señalaba Gertrudis. El Schnauzer miniatura ladró, defendiendo el territorio, al tiempo en que robaba la evidencia. Ahora Gertrudis sonreía, vencedora. Con la música y la multitud, nadie advirtió el incidente. La fiesta fue exquisita y un éxito rotundo. Gertrudis nunca se equivocaba. |